



El 10 de julio de 2024 un grupo de 19 estudiantes y 4 profesores de Derecho penal y Criminología de la Universidad del Pacífico visitamos el penal de Lurigancho.
La visita me generó mucha curiosidad y temor. Desde ya, les confieso que mis expectativas no eran altas. La cárcel que visitamos fue considerada como uno de los centros penitenciarios más violentos y peligrosos de Latinoamérica, y es además el más grande y hacinado del Perú, con una capacidad de 3204 internos, pero que actualmente alberga a casi 10000 personas privadas de libertad. Desde el 2017, la Policía dejó la gestión del penal y pasó a la custodia del INPE (Instituto Nacional Penitenciario). En estas líneas, me animo a compartir mis impresiones de esta primera experiencia.
Cuando llegamos al penal, el director del INPE y su equipo técnico, conformado por dos subdirectores y tres policías, nos recibieron y acompañaron desde el principio hasta el final de la visita. El recorrido empezó con un paseo por el pabellón XIV de la capellanía, donde conversamos con el personal penitenciario y escuchamos los testimonios de algunos internos, quienes habían preparado un vaso de emoliente y una porción de pastel para sus nuevos visitantes. Luego de ello, nos dirigimos a conocer los pabellones II y X. Sin duda, una de las diferencias más llamativas fue la diversa infraestructura entre las “cuadras” y las “celdas”, lugares donde duermen y conviven los internos. Las primeras destacaban por ser espacios amplios y estaban decoradas con toques amarillos, naranjados y blancos. Las segundas eran más pequeñas y tenían colores más sombríos.
Dentro de aquellos pabellones pudimos observar diferentes talleres de trabajo como confección y textilería, artesanía y cerámica, carpintería, panadería, entre otros. Estos procesos productivos son impulsados en ciertos casos por los propios internos y otras veces por empresarios a partir de la política gubernamental de “cárceles productivas”. Ese día cada una de estas unidades había preparado algo por nuestra visita. Por razones de espacio, destacaré únicamente dos. La unidad de textilería había confeccionado poleras y polos con el nombre de la universidad, ejemplares de excelente calidad que muy gentilmente nos obsequiaron. La unidad de panadería había preparado empanadas y turrones que nos hicieron degustar y cuyo sabor y calidad fueron de altísimo nivel. También pudimos observar una iglesia evangelista y escuchar, aunque solo de paso, los ensayos del taller de canto.
Únicamente visitamos 3 o 4 pabellones, pese a que Lurigancho cuenta con 20. Sin embargo, considero necesario compartir algunas impresiones que me dejó esta breve visita. Durante mi recorrido en el penal observé organización, orden y limpieza, rostros llenos de curiosidad, paredes con colores vívidos y varios murales repletos de lenguaje positivo que revalorizaban el presente y el futuro, los nuevos comienzos y el perdón. También había huertos y varias mascotas, entre perros y gatos, incluyendo un perro blanco enorme llamado Max, increíblemente manso y tierno. Había también espacios al aire libre, donde los internos lavaban sus ropas en tinas, y algunas pampas en proceso de transformación a canchas deportivas. Conocimos a algunos delegados de los pabellones quienes mostraban una fuerte capacidad de liderazgo y transmitían respeto y empatía hacia los demás internos. Por último, pero no por ello menos importante, pudimos constatar una recientemente inaugurada unidad del Ministerio de Justicia, con asistencia legal gratuita para los internos, quienes estaban haciendo sus consultas sobre beneficios penitenciarios a diversos abogados.
Aunque lo que observé fue solo una parcela de lo que es Lurigancho, por pequeña que fuera, esa breve mirada me generó una esperanza arrolladora. Los talleres ofrecen numerosas posibilidades y opciones para las vidas de los internos, quienes parecen estar muy comprometidos, trabajando activamente en transformar su vida y en aprender y perfeccionarse en nuevos oficios.
Sin duda, la visita sacudió varios de mis propios prejuicios sobre el penal, pero sobre todo me dejó varias preguntas: ¿Cuál es el modelo de gestión penitenciaria subyacente a la administración y estrategias del INPE? ¿Puede ser este modelo mucho más eficaz para prevenir la reincidencia que el de la securitización de los centros penitenciarios y la “mano dura” al estilo Bukele? ¿Pueden los colores, murales, mensajes, mascotas, talleres de trabajo influir para bien en el comportamiento de los internos? ¿Qué están haciendo las universidades peruanas para generar más información e investigación empírica sobre las políticas y estrategias penitenciarias?
Por obvias razones, no puedo responder estas preguntas. Dadas mis limitaciones en el manejo del tema, solo me atrevo a plantearlas, con la esperanza de que puedan interpelar a voces más autorizadas. Esta fue una primera y breve visita, pero confío en que pueda significar el inicio de una relación constructiva entre la administración penitenciaria y la universidad. El alumnado de derecho y criminología podría contribuir a generar información y evidencia empírica sobre las estrategias y los programas más efectivos para prevenir la reincidencia, ayudando a identificar qué funciona y qué puede mejorarse. Al mismo tiempo, el contacto con la realidad penitenciaria ayudaría a que el proceso de aprendizaje de los estudiantes resulte situado y enriquecedor.
Por último, quizás valdría la pena recordar que pese a esta nueva realidad que parece vislumbrarse, quedan todavía cuestiones cruciales por abordar. Por ejemplo, la sobrepoblación penitenciaria y el hacinamiento, que pueden ser catalizadores de violencia y autogobierno. También es necesario evaluar el posible abuso de la aplicación de la prisión preventiva y la búsqueda de estrategias penales más baratas para el Estado. Asimismo, es fundamental considerar la relación de las personas privadas de libertad con el exterior, sus familias y redes sociales más amplias, ya que estas conexiones son esenciales para mantener vínculos sociales sanos y facilitar el abandono de las antiguas trayectorias delictivas.
Aunque lo que observé fue solo una parcela de lo que es Lurigancho, por pequeña que fuera, esa breve mirada me generó una esperanza arrolladora.



